
─El del 2° B es un maleducado─, dirá la señora de al lado, refiriéndose a usted, obviamente. ─Se pasó media tarde martillando la pared, y la otra media puteando. En cambio el del 2° D, ése sí que es bien educadito. De vez en cuando martilla, pero nunca se queja de nada─.
Putear o no putear, ésa parece ser la cuestión. En 2005, en Estado Unidos, se desató un interesante debate, ya que algunos lingüistas destacaban la importancia de emplear malas palabras en el lenguaje corriente, puesto que eso liberaba tensiones y disminuía la violencia física.
En ese sentido, bien vale la pena recordar lo que decía el rosarino Roberto Fontanarrosa: “Las malas palabras brindan otros matices y hay algunas que son irreemplazables: no es lo mismo decir que una persona es tonta o pelotuda...”, aseguraba "El Negro".
Así que, ya sabe, cuando vaya a actuar como "bocasucia", piense que la mala palabra bien podría ser un arte, como la pintura. Entonces, inspírese, piense en un insulto como Dios manda, y grítelo... para recibirse de pintor.
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